A días de volver, qué ganas de volver ♫
miércoles 18 de noviembre de 2009
miércoles 16 de septiembre de 2009
Rendiciones.
Llevaba dos días dentro del edificio, lo sabía solamente por la luz que las ventanas no podían retener afuera. Era una construcción de diez pisos, organizada de forma tal que los ingresantes ascendían progresivamente para resolver el trámite. Ella estaba por entrar al octavo, alienada de la costumbre de cansarse o tener hambre. Abrió la única puerta del nivel, era una habitación de una pequeñez apretada, como si no se acostumbraran las paredes a estar tan cerca, como si las cuatro sillas dispuestas en el centro tuvieran aires de grandeza. Al fondo había una mesa con papeles desparramados, manipulados por dos hombres sentados detrás. Se los veía indiferentes a los acontecimientos, ese aire que da la rutina encajada en una oficina. El de la derecha era un tipo grueso, con unos pocos pelos tristes tratando de cubrirle el cráneo, la piel blanquísima se acomodaba en expresiones de mal carácter, porosa, grasosa. El de la izquierda contrastaba, era un hombre flacucho con una apariencia que poco tenía que decir, su cabeza estaba hundida entre los papeles que sus dedos largos sostenían. El grandote se ahorró la cordialidad y le indicó que se sentara en la silla más alta, inmediatamente frente a ellos.
-Ariadna, ¿cierto?-
-Sí, Ariadna- le resultó repulsivo que pronunciara su nombre, tuvo que repetirlo para apropiárselo.
- Veo que murió bastante jovencita- el hombrecito de la izquierda le alcanzaba fichas y le tartamudeaba cosas en voz baja –Nosotros nos encargamos de los pensamientos recurrentes. Todos, cuando estamos vivos, dedicamos tiempo e imaginación a algunas personas más que a otras. Esos lapsos se cuantifican, se procesan y llegan a este recinto para que cada uno de los que vienen rindan cuentas a los sometidos mentalmente- Pronunció cada una de las palabras, pero se oían como si salieran solas, como si después de ser repetidas tantas veces ante tanta gente supieran cómo, cuándo, y salieran voluntariamente.
-Es un poco injusto, ¿no le parece?-
Los dos se quedaron callados, evidentemente no esperaban la réplica. El grueso no perdió oportunidad de ser desagradable.
-¿Le parece injusto? Y dígame, ¿no le parece más injusto todavía que usted pueda andar por ahí pensando lo que se le ocurra de quien se le ocurra? ¿no le parece injusto imaginarse a una persona, ponerla en una situación que a usted se le antoje, hacerla hacer lo que a usted se le antoje y abandonarla después ahí cuando se aburra? ¿Acaso no es eso manipulación, acaso no es un tipo de sometimiento?-
-No, y le digo más, me parece bastante represivo su sistema.-
-En ningún momento se le prohíbe a usted andar pensando por la vida.-
-Peor, porque después se me castiga sin previo aviso.-
-Óigame, no me haga perder el tiempo, tiene que completar esta instancia tanto como las siete anteriores. Lo de descansar en paz era literal, debió prestarle más atención.-
Cuatro manos revolvieron los papeles, uno de los pares estaba visiblemente irritado; ella estaba rígidamente sentada con pocas ganas de seguir discutiendo, si bien contaba con toda la eternidad para hacerlo prefería terminar con el asunto lo antes posible.
-Si no tiene ninguna molesta interrupción más, procedo. Cinco personas son las que estuvieron más tiempo encarceladas en su cabeza, de las cuales dos siguen vivas, asique habrá que esperar que mueran para aclarar los asuntos. Vamos a citar a la primera.- El tipo sonrió desagradablemente –Espero que no la asusten los fantasmas.-
Una puerta a la derecha del grandote se abrió despacio, y fue atravesada por la madre de Ariadna. Parecía estar bien, de hecho, mejor que cuando estaba viva. Los golpes de la vejez habían desaparecido, la piel estaba un poco más tersa, las manchas de la edad estaban aclaradas, tenía el pelo blanco recogido coquetamente. Las dos se miraron despacio, como si la otra fuera a desarmarse sin previo aviso. La señora se sentó frente a su hija.
-Hola mamá.- Ariadna estaba apenas conmovida, cohibida por la atmósfera hostil.
-Más tarde van a tener tiempo de charlar de la vida. Ahora vamos a lo nuestro- el grandote quería evitar el cuadro emotivo, seguramente sus entrañas, si es que tenía, no iban a soportarlo- Señora, la citamos aquí porque su hija murió –se sonrió levemente, parecía divertirse con esos comentarios absurdos.
Las dos mujeres se miraban profundamente. Hubiera sido más simple empezar con otra persona, no sé, algún amorío al que había que justificarle algún celo idiota, alguna amiga a la que había que revelarle alguna envidia injusta, pero de buenas a primeras la madre, la hipocondríaca madre hacía que el asunto fuera más injusto todavía, quizás por eso el tipo se sonreía de costado, quizás porque olía el desagrado, la desesperación ahora que Ariadna empezaba a recordar las escenas en las que había contextuado a su madre, todos los planteos que habían reinado en su cabeza durante las estadías en los hospitales, las noches en vela, los números de emergencia que sabía de memoria, los gritos de furia, la imposibilidad de salir de la casa, el egoísmo perdido entre pastillas y enfermeras, el rencor mezclado con la tristeza, la ambulancia, el velorio.
-Perfecto- pensó Ariadna mientras el grandote habría una carpeta –va a ser una noche larga.-
martes 25 de agosto de 2009
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Cada vez que miro una película en la que uno de los personajes tiene que aguantar la respiración, involuntariamente yo la contengo también, a ver si sobreviviría a la prueba llegado el caso.
miércoles 22 de julio de 2009
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Me encanta hacer chistes malos y que la gente se ría de compromiso.
martes 21 de julio de 2009
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Hay una gotera al lado de mi escritorio que me está enfermando. Hay una gotera al lado de mi escritorio que me está enfermando. Hay una gotera al lado de mi escritorio que me está enfermando. Hay una gotera al lado de mi escritorio que me está enfermando. Hay una gotera al lado de mi escritorio que me está enfermando. Hay una gotera al lado de mi escritorio que me está enfermando. Hay una gotera al lado de mi escritorio que me está enfermando. Hay una gotera al lado de mi escritorio que me está enfermando. Hay una gotera al lado de mi escritorio que me está enfermando. Hay una gotera al lado de mi escritorio que me está enfermando. Hay una gotera al lado de mi escritorio que me está enfermando. Hay una gotera al lado de mi escritorio que me está enfermando. Hay una gotera al lado de mi escritorio que me está enfermando. Hay una gotera al lado de mi escritorio que me está enfermando. Hay una gotera al lado de mi escritorio que me está enfermando. Hay una gotera al lado de mi escritorio que me está enfermando. Hay una gotera al lado de mi escritorio que me está enfermando. Hay una gotera al lado de mi escritorio que me está enfermando. Hay una gotera al lado de mi escritorio que me está enfermando. Hay una gotera al lado de mi escritorio que me está enfermando. Hay una gotera al lado de mi escritorio que me está enfermando. Hay una gotera al lado de mi escritorio que me está enfermando.
miércoles 8 de julio de 2009
113
viernes 3 de julio de 2009
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Desde que empecé a trabajar en esta agencia supe algo muy loco: hay gente que efectivamente gana promociones. Y peor aún, muchos de los premios están buenos.
lunes 29 de junio de 2009
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La mayoría de las personas que conozco se enteraron de la muerte de Michael Jackson por un mensaje de texto. En el 95% de los casos, la informante fue una hermana.
viernes 26 de junio de 2009
Odiosos.
Las cosas están yendo bien, jodidamente bien. Estamos yo con ella, y ella conmigo, y es suficiente. Tratamos de soportarlo pero se vuelve inabarcable este estado de plenitud, de frases confitadas. A veces, cuando más insistentes estamos, inventamos alguna pelea, no sé, yo le vuelco dos cucharadas de mermelada sobre la camisa blanca que usa para ir a trabajar, entonces ella agarra mi mate y lo tira por la ventana; con suerte baña de verde algún vecino qué vendrá a quejarse después para salpimentar la disputa. Ahí es cuando yo me tengo que enojar, le digo que lo mío fue accidente y lo suyo un atentado contra toda moral, que los mates no son voladores y menos en el desayuno, que es una amargada insufrible que no merece cariño humano, animal o vegetal y que me arrepiento de haberla conocido. Ella se pone lo más roja posible y me dice que por qué no sigo el camino del mate si tanto me importa, que aproveche que estoy embalado para mandarme al Congo y que ojalá que me agarre fiebre amarilla. Y yo trato de resistir pero en seguida le veo algo simpático, sus ocurrencias o el pelo alborotado, entonces sonrío aunque no quiera, la abrazo y corresponderme la entristece un poco, es cierto. Nos sentamos en el sillón (a menos que la pelea no sea en el living, entonces nos sentamos en la cama, o en la baranda o en el piso, es indistinto, lo importante es sentarse) y nos decimos que no hay caso, seguiremos sintiéndonos infelices por llevarnos tan bien. Después ella pone la camisa en el lavarropa y yo voy a la feria a comprar otro mate, de esos de colores con grabados tan bonitos. Otras veces nos metemos los cuernos; enamoro a su hermana, me encamo con sus amigas, la llamo desde el hotel para contarle. Ella prefiere callarse y sacarse fotos con sus amantes, las ordena por fecha en una carpeta roja con anotaciones en los márgenes. Sé que la prepara para que yo pueda hacer una escena de celos cuando quiera, pero la buena intención desmotiva mis accesos furiosos.
miércoles 17 de junio de 2009
After hours - The Velvet Underground
Estoy terminando dos textos muy largos y novedosos que probablemente no sean publicados acá porque ustedes no leen las cosas largas, malditos mal acostumbrados a la vida en flash.
viernes 8 de mayo de 2009
El enfermo remanente.
"Éste caso parece difícil. Nos tenemos que ir a un corte pero en seguida volvemos, no se vayan".
El conductor abría los ojos, agravaba los tonos brillando bajo las luces del estudio. Hecho de pura solemnidad durante hora y media, simulaba disimular cierta felicidad plástica en las posibilidades de fallo, casi hipnotizando a la audiencia para que empatizara, simpatizara, sintonizara el programa una vez por semana en el horario estelar del canal. En esta ocasión el médico evaluado era Ribera, quien aprovechó la pausa para alejarse un poco del escenario y prender un cigarrillo, ensimismado miraba alrededor y se secaba el sudor nervioso, diciéndose que ya faltaba poco, el último bloque con el último paciente y se acabó. Por suerte la sección "En tratamiento" ya había sido analizada al aire, gratificantemente no hubo recaídas ni cambios de medicación. Tres de cuatro participantes habían ofrecido sus enfermedades en vivo revelando cuadros simples, con la excepción potencial del caso remanente, hombre que atraía todas las miradas sobre su catastrófico estado. Ribera estaba inquieto por su causa aún sabiendo que mantenía un buen scoring, de hecho uno de los mejores del ciclo, llevaba cinco emisiones sin ser desplazado, con pocas situaciones de riesgo y guardias sencillas. Parecía agradarle al jurado, motivo frágil de confianza, disuelta en la oscilación entre los intereses médicos y los mediáticos. El público en las gradas murmuraba movimientos discretos, conjeturaba sobre virus y bacterias, calculando métodos desde la mayor lejanía contextuada posible, como si los sucesos no acaecieran con las cámaras apagadas.
El conductor aplastó la humareda sobre el hombro del médico con la mano derecha, pronto estarían en el aire para ver la última persona, unos minutos más, algo de tensión y listo, después de todo lo estaba haciendo bien, hombre, no se ponga nervioso de más. Tomaron sus posiciones frente a la cámara, sonrisa a la cuenta de tres y el último paciente se acercó, ofrendando su enfermedad al médico. Le dijo que tenía mucha fiebre, vómitos, insomnio, caída de pelo, fuerte sudoración, que se le nublaba la vista, que se le tapaban los oídos, que perdía el equilibrio, tenía la piel amarilla, le habían salido ronchas rojizas y estaba permanentemente de mal humor. Ribera palideció. Tenía enfrente a un hombre tembloroso que tartamudeaba y movía los brazos enfáticamente, lleno de pústulas y ojeras escupiendo sílabas sépticas. Con las manos enguantadas revisó por completo el cuerpo, rumiando bajito libros y anécdotas profesionales, tocaba despacio la piel en toda su latencia y se perturbaba notablemente, despeinándose en plena ebullición de pensamientos. Con un vaivén en la cabeza declaró que estaba confundido y que necesitaría más tiempo y más estudios.
El conductor sonrió apenas.
"Ribera, sabe bien que no podemos permitirle que se extienda más allá del horario del programa, lamento decirle que ha perdido el concurso, es una pena, venía muy bien, ya estábamos todos encariñados." Miró a la cámara con un gesto pícaro y siguió: "El verdadero diagnóstico de este paciente, proporcionado por nuestro equipo de especialistas y en consenso telefónico con nuestra audiencia, es...". Hizo una pausa suspensiva, y con la mirada en la cámara dos declaró "Posesión demoníaca".
El médico abrió la boca, esperando que la protesta saliera por las buenas.
"Lo sentimos mucho, no nos queda más tiempo, tenemos que despedirnos, no se pierdan el próximo programa con un nuevo concursante. Buenas noches.".
Los espectadores apagaron sus televisores, exaltados picoteaban palabras y
Las luces bajaban gradualmente en el estudio, mientras Ribera estancado miraba las gradas vaciarse,
miércoles 29 de abril de 2009
lunes 13 de abril de 2009
viernes 10 de abril de 2009
Como dos extraños - Pedro Aznar
Había un tipo acá cerca que había descubierto la manera de hacer equivalencias con los lapsos temporales. Fabricio se llamaba. Él leía los ritmos encubiertos de cada persona y después los volcaba en su tablita mental. Tres o cuatro días después de conocer a alguien sabía que en lo que tardaba ése en tomar un café con leche con dos medialunas, el flaco de la esquina se regaba todo el jardincito, a su vez la morocha de dos casas a la derecha se daba dos manos de esmalte en las uñas y todo lo mismo era. Cuando domó todas las mañas del asunto, prescindió por completo de los relojes. No necesitó más calendarios ni embustes, él sabía perfectamente que estaba a 23 tazas de café nocturno desde la última vez que la había visto a ella, a 64 subidas del primer al segundo piso por la escalera de cuando vió la película esa de De Niro que tanto le había gustado, que tardaba 30 puchos en hacer las compras en el mercado grande, 62 estornudos en comerse un chocolate mediano, que distaba de 52 duchas la última vez que charló con su hermano menor, de 87 o 90 repasadas con la escoba por la cocina cuando sintió el perfume rosado, suave, alejándose 128 tazas de café nocturno de su casa.



